martes, 13 de noviembre de 2018

El “forajido sentimental” y el “libro insigne” (Algunas precisiones sobre Borges y el Martín Fierro)


FERNANDO SORRENTINO





Una confusión gratuita

Con alguna frecuencia se oye decir y —lo que es aún peor — se ve escrito que “a Borges no le gustaba el Martín Fierro”. Es probable que quienes emiten este juicio no hayan prestado a las palabras de Borges la atención que siempre merece el mayúsculo escritor: es decir, la atención total. También es posible que, acaso por espíritu hedónico, le atribuyan a Borges las palabras que a ellos les agradaría oír.

Es necesario distinguir cuidadosamente entre las reservas que Borges tiene hacia el personaje Martín Fierro y la devoción que siente hacia la obra literaria Martín Fierro. Con ligereza (tal vez deliberada) se confunden ambos conceptos, y no hay ninguna razón para que esto ocurra. Trataré de ver cómo se origina y se desarrolla esta confusión.


Macedonio Fernández, mentor del joven Borges

Nadie ignora el fervor que por Macedonio Fernández experimentó siempre Jorge Luis Borges, tanto en vida de aquél como después de su muerte, ocurrida en 1952.

Macedonio, nacido en 1874, tenía, por lo tanto, la misma edad de Lugones; era un hombre ya maduro, de alrededor de cincuenta años, en la época en que Borges, joven veinteañero de ilimitada pasión poética y metafísica (que no perdería jamás), acudía, fascinado, a escuchar la palabra de aquel mágico personaje situado fuera del mundo y de su vulgar realidad.

Sin duda, la prosa enmarañada y tropezada en que solía perderse Macedonio no pudo ejercer ningún influjo sobre la cristalina perfección de la escritura borgeana. Sí, en cambio, tuvieron que conmoverlo las ideas y los juegos conceptuales a que era tan afecto su admirado conversador. Construcciones mentales como “Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me había quedado en casa” (Macedonio, “Correo casero de Recienvenido”, en una carta a Borges) son de la misma estirpe de “sus detractores [...] juraban que nunca había pisado la China y que en los templos de ese país había blasfemado de Alá” (Borges, “La busca de Averroes”). Sería fácil, pero innecesario, aportar otros ejemplos.

Lo cierto es que a Borges lo seducían, sobre todas las cosas, la inteligencia y los productos que derivan de ella: el ingenio, el humor, el punto de vista sorprendente, la creación de inesperadas asociaciones de ideas en apariencia incompatibles, la rapidez mental, la paradoja, la polisemia, etcétera. Y Macedonio, que poseía en altísimo grado el don de la inteligencia, sustentaba en aquella época, entre tantos otros, un juicio que, acaso, él dejó caer como al pasar, sin darle ninguna importancia. Pero que Borges, de avidez insaciable, asimiló, hizo suyo y, de acuerdo con su proverbial costumbre, desarrolló, afinó y pulió hasta el extremo de presentarlo como una suerte de verdad inconcusa: la mala índole psicológica, el mal ejemplo ético, del personaje Martín Fierro.


Transcurridos nueve o diez lustros de aquellos diálogos, aún recordaba Borges:

[…] cuando alguien le habló [a Macedonio Fernández] del Martín Fierro, dijo: “Salí de ahi con ese calabrés rencoroso”.1 Pero eso corresponde también a una época en que se veía el Martín Fierro como una compadrada […].2

(No sería extraño que ese alguien aludido en el pronombre indefinido haya sido el propio Borges, a quien con toda seguridad le interesaría sobremanera — ¿cómo no iba a interesarle? — conocer la opinión de un hombre que él veneraba sobre una obra que lo impresionaba al máximo.)

Aquí está ya la idea que Borges no olvidó jamás: Martín Fierro visto, no como héroe o como persona éticamente admirable, sino como un individuo rencoroso, quejoso, vengativo, que siente lástima de sí mismo, etcétera, etcétera:

[…] creo que, si hubiéramos resuelto que nuestra obra clásica fuera el Facundo, nuestra historia habría sido distinta. Creo que, razones literarias aparte, es una lástima que hayamos elegido el Martín Fierro como obra representativa. Porque ella no pudo haber ejercido una buena influencia sobre el país. […] pensemos en lo triste de que nuestro héroe sea un desertor, un prófugo, un asesino y una especie de forajido sentimental además, que, sin duda, no existió nunca. Porque yo pienso que esa gente tuvo que haber sido mucho más dura que Martín Fierro. […] no era gente que pidiera lástima, como pide Martín Fierro. Creo que, aunque Martín Fierro fue escrito en 1872, se adelanta ya de algún modo a las peores blanduras argentinas y al peor sentimentalismo argentino.3

¿No es éste el desarrollo borgeano de la idea del siciliano vengativo o del calabrés rencoroso de Macedonio Fernández? Claro que Borges, cuyo cerebro habitualmente va más allá que el de la mayoría de los mortales, amplía esta visión presentando a Martín Fierro como ejemplo moral negativo para la nación argentina.4

El falible hombre Martín Fierro y el admirable y admirado poema Martín Fierro

Pero —muy importante— nótese que, en ningún momento, Borges alude a algún demérito literario de la obra: en todos los casos, se está refiriendo a los atributos morales del personaje, jamás a las cualidades estéticas del poema. Más aún, y por si cupiese alguna duda, prestemos atención a la frase razones literarias aparte: en tal contexto, sólo puede significar: “Desde el punto de vista estrictamente literario, el Martín Fierro es más importante que el Facundo, pero...”.

Hacia el final de El “Martín Fierro”,5 Borges se ocupa de la controversia que el poema ha desencadenado entre los críticos:

En el capítulo anterior he recopilado algunos juicios críticos. Una simplificación simbólica podría reducirlos a dos: el de Lugones, para quien el Martín Fierro es una epopeya de los orígenes argentinos; el de Calixto Oyuela, para quien el poema sólo registra un caso individual. “Justiciero y libertador” es la definición del protagonista que ha estampado Lugones; “hombre con visible declinación hacia el tipo moreiresco de gaucho malo, agresivo, matón y peleador con la policía”, la que Oyuela prefiere. ¿Cómo resolver el debate?


[...] En la controversia que acabo de resumir, se confunde la virtud estética del poema con la virtud moral del protagonista, y se quiere que aquélla dependa de ésta. Disipada esa confusión, el debate se aclara.

Palabras de Borges: se confunde la virtud estética del poema con la virtud moral del protagonista. Que esta última no goza de su aprobación ya lo ha expresado con todas las letras.

Entonces, cabe la pregunta que constituye el siguiente subtítulo:

¿Es verdad que a Borges no le gustaba la obra literaria Martín Fierro?

Salvo los casos patológicos que suelen agruparse bajo el común denominador de masoquistas, en general los seres humanos tendemos a eludir los elementos desagradables y a dejarnos atraer por las cosas que nos proporcionan placer, y a acudir a ellas una y otra vez, y a recordarlas y a recrearlas en nuestros pensamientos y en nuestras conversaciones.

Conocemos el amor con que Borges vuelve una y otra vez a sus afectos: el barrio sur, Ginebra, Chesterton, los cuchillos, los espejos, los laberintos...

...el Martín Fierro.

En efecto, Borges ha vuelto una y otra vez al Martín Fierro:

1) “La poesía gauchesca”, en Discusión (1932), dedica su larga parte final a analizar el Martín Fierro. Las ideas son básicamente las mismas que expondrá más tarde en el ya citado El “Martín Fierro” y en el libro del siguiente ítem.

2) En 1955, junto con Adolfo Bioy Casares, preparó los dos volúmenes (edición, prólogo, notas y glosario) de Poesía gauchesca (México, Fondo de Cultura Económica, 1955), donde, naturalmente, se incluye el Martín Fierro.

3) En El hacedor (1960) tenemos la prosa breve “Martín Fierro”, que concluye así: “[...] en una pieza de hotel, hacia mil ochocientos sesenta y tantos, un hombre soñó una pelea. Un gaucho alza a un moreno con el cuchillo, lo tira como un saco de huesos, lo ve agonizar y morir, se agacha para limpiar el acero, desata su caballo y monta despacio,6 para que no piensen que huye. Esto que fue una vez vuelve a ser, infinitamente; [...] el sueño de uno es parte de la memoria de todos”.

4) El cuento “El fin”7 (Ficciones, 1944) es, como se sabe, “el fin” posible de la pelea de Martín Fierro con el Moreno, que en su momento impidieron las personas presentes en la pulpería. Una vez más Borges —complacido y feliz— repite la secuencia de Hernández: “Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás”.

5) En la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)” (El Aleph, 1949) hay un pasaje en extremo significativo: “La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (I Corintos 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones”. Superfluo es consignar que ese libro insigne no es otro que el Martín Fierro.

Final

Creo que acabamos de ver pruebas más que contundentes sobre la devoción y la admiración que Borges sentía hacia el Martín Fierro como obra literaria, y vimos también que su oposición sólo se limitaba al carácter moral del protagonista.

Que sea ahora el mismo Borges quien, con sus precisas palabras, ponga fin a este trabajo:

Expresar hombres que las futuras generaciones no querrán olvidar es uno de los fines del arte; José Hernández lo ha logrado con plenitud.8

Notas

1. Cambiando de gentilicio y de adjetivo, pero no de idea, ya en 1953 Borges había escrito: “Martín Fierro es [...], como dijo festivamente Macedonio Fernández, un siciliano vengativo” (El “Martín Fierro”, Buenos Aires, Columba, 1953, pág. 75).

2. En mi libro Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (Buenos Aires, El Ateneo, 1996, pág. 37).

3. Ídem, págs. 215-216.

4. Relacionada con esta idea se halla la siguiente: “A veces, he creído que Goethe es una superstición alemana y he pensado también que las naciones eligen clásicos como una suerte de contraveneno, como un modo de corregir sus defectos. Creo que precisamente la indiferencia patriótica de Goethe, el hecho de que él fuera a saludar a Napoleón, el hecho de que creyera —muy erróneamente, a mi entender— que la lengua alemana es el peor material para la poesía: todo esto puede servir para contrarrestar cierta propensión alemana a exaltarse” (Ídem, pág. 234).

5. Aunque el libro declara “con la colaboración de Margarita Guerrero”, la inconfundible prosa y el uso de la primera persona hacen difícil imaginar que en su redacción haya intervenido otra mano que la de Borges.

6. Hernández había dicho: “Limpié el facón en los pastos, / desaté mi redomón, / monté despacio y salí / al tranco pa el cañadón” (I, vii).

7. En el “Prólogo” de Artificios (1944), Borges incluye el siguiente comentario: “Fuera de un personaje —Recabarren—, cuya inmovilidad y pasividad sirven de contraste, nada o casi nada es invención mía en el decurso breve del último [se refiere a “El fin”]; todo lo que hay en él está implícito en un libro famoso y yo he sido el primero en desentrañarlo o, por lo menos, en declararlo”.

8. El “Martín Fierro”, pág. 76.

Este artículo se publicó por primera vez, algo abreviado, en el diario La Nación, Buenos Aires, 5 de noviembre de 2000.

FERNANDO SORRENTINO: Nació en Buenos Aires, en 1942. Profesor en Letras, posee en su currículum compilaciones antológicas, ediciones anotadas de clásicos, inclusiones en antologías, en español y otras lenguas, y colaboraciones en diarios y revistas. Es autor de seis libros de cuentos, dentro de los cuales son de destacar Imperios y servidumbres, En defensa propia y El rigor de lasdesdichas; de una novela, Sanitarios centenarios; de una ‘nouvelle’, Costumbres de los muertos, y de una decena de obras para niños y adolescentes, la última El Viejo que Todo lo Sabe. Publicó también dos libros de entrevistas, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares.


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